No había inventado el lugar, solo había plasmado en papel la nueva piscina de agua salada que habían abierto cerca del puerto, como un oasis para la gente que, cuando se bañaba en el mar que lamía la ciudad, salía del agua manchada de aceite de barco.
Los ojos se le llenaron de lágrimas y, en ese momento, el alma de Anna fabricó las dos únicas certezas que aún conserva intactas. La primera, que la maldad existe y que ella es tan capaz de ejercerla como cualquier otro. La segunda, que la belleza aparece en cualquier sitio. Y que ella iba a aprender a pintarla.
La suerte no es un proceso, sino el momento en el que ese proceso se detiene y se revela como bueno o malo.
Y, aun así, ella sabía que esa era su riqueza: unos padres con paciencia y una habitación libre.
Como casi todas las de su especie, la cafetería de moda propone una paradoja irresoluble: desde fuera invita a entrar; desde dentro, a salir.
Y esto, Anna, sentada al lado con sus auriculares puestos, lo sabe gracias a la tercera y más extraña variante del uso de los auriculares, imposible de deducir para los imaginados alienígenas: que hay personas que se dejan los auriculares puestos, sin ningún sonido, para que los demás no puedan hablarles ni tampoco saber que los están escuchando.
No como Anna, que cuando se planta frente a sus cuadros parece que es la encargada de colgarlos.
Tiene que ser terrible ser alguien muy guapo. Y aún más terrible dejar de serlo.
La asistente descarta rápidamente a las madres y se detiene por un segundo en la alpinista sin montañas, pero la descarta también.
Es la historia de la mitad de la humanidad, construida gracias a pisar el cuello de la otra mitad y después sentirse ofendida cuando se lo hacen notar.
La espuma tiene el color del agua del mar que aparece en los documentales sobre las matanzas ilegales de delfines y tiburones.
Los mejores momentos de su pintura eran esos, cuando sentía que dejaba de importar, que ella solo era el tobogán por el que bajaban las ideas como unos niños preciosos, cantando.
Cuando la invade la tristeza solo quiere más tristeza.
Lo mira como quien enfrenta un ciervo en el bosque: extrañada de que exista, extrañada de que exista ella, que lo mira.
En esos momentos recuerda lo que le dijo su profesor de pintura en el examen final del curso, que sería también para ella el examen final de la carrera: «Lo mejor que puedes hacer con tus cuadros es darles a todos una manita de blanco».
Anna supone que eso es lo que hace el amor: que la vida parezca una promesa y no una amenaza.
Es fácil crear una máquina del tiempo: solamente se necesita un cuerpo que recuerde.
Frente al arte, Anna nunca se siente indiferente, y eso es lo más importante, porque la indiferencia es lo más cercano a estar muerto.
Es importante tener un secreto. Cuando mire el cuadro, sabrá que tras las llamas que hacen arder a la mujer hay algo, y que ese algo es la suerte.
La sensación de que podría haberlo hecho mejor, aunque quizás esa insatisfacción perenne sea lo único que mantiene a las personas haciendo cosas.
La mujer canta por cantar, porque la hace feliz, ella pinta porque pintando es feliz gracias a un sistema social y económico que respalda sus posibilidades de felicidad.
Su foto está al lado de una imagen de su cuadro, como si hubiesen impreso una orden de busca y captura con su cara y su delito.
Una amistad, ¿se construye poco a poco, o aparece rotunda, como un géi-ser, rompiendo el suelo que pisamos?
Anna piensa que, de todas formas, a la mayoría de las personas que amamos las amamos desde el primer momento, solo que se les dice después, con el tiempo, a veces incluso cuando el amor ya se ha acabado.
El hombre le suelta a otro, ataviado con unas minúsculas y redondas gafitas, que «el arte es una forma de representar el sufrimiento a través de la voluntad estética y no me vas a convencer de otra cosa».
Sabe que seguir bebiendo solo es una forma de no sentir.
Los colores de la ropa de la gente, las formas en espiral que se proyectan sobre el suelo y los cuerpos, acompañados por el mareo que trepa por el cuello de Anna, hacen que sienta que están todos dentro de un cuadro de Hilma Af Klint, alegre pero algo demoniaco.
Anna piensa que ojalá lo consiga, así ella podría meterse dentro.
Las drogas no le interesan porque son como los préstamos: uno recibe mucho, pero luego ha de devolver más de lo que no tenía.
No la encuentra, así que saca de una de ellas todas las facturas de la luz que guarda desde el inicio de su vida adulta, por imitación de sus padres, sin que nadie vaya a pedírselas jamás y sin haberse preguntado nunca por qué lo hace.
Ese es el único sitio en el que los animales deben estar en el circo: en el pijama de un niño.
-¿Has probado la novedosa y revolucionaria técnica de dejarte en paz a ti misma?
Pintar es tomar una fotografía de tu interior para mostrársela a los demás y decir: «Esto soy yo».
Anna lo entendía: cuesta desear a alguien a quien no admiras.
Pensar en los demás, la empatía, es algo bello, pero llevada al extremo es una forma de olvidarse de uno mismo, una forma de negarse.
Anna no descartó la idea: tal vez lo más importante del arte es lo cerca que está de todo lo que parece imposible.
Cuando no se tiene un mapa, la casualidad suele ser una buena brújula.
Anna solo dispone de un baremo para medir si el arte que tiene delante es bueno: si es un insecto que llega al corazón y lo poliniza para que florezca a su manera.
El pájaro tiene que cantar y el ser humano tiene que amar algo, defender algo, buscar su identidad en algún sitio, encontrar un grupo que le diga: «Sí, tienes razón, tú estás en lo cierto y los demás no».